¿Quién es el Ladrón de Lunas?

Corría el año 1830, estamos en el convulso periodo en que Luis Felipe I ascendió al trono en Francia tras la violenta deposición del autoritario Carlos X. La chispa de la revolución prendió un fuego que se extendió por toda Europa, inflamando Bélgica, Alemania, Italia, Polonia y Austria, mientras que en Reino Unido se levantaba el movimiento sindical. El año siguiente fracasaría el pronunciamiento liberal de Torrijos, cuya muerte inspiró tanto a Espronceda y Gisbert.

En Requena, que no era ajena a los trasiegos del año ni al romanticismo que impregnaba la época, vivía un terrateniente llamado Andrés; todos lo llamaban «el Marqués», pues su padre había ostentado en verdad el mentado título, y aunque el marquesado había pasado al primogénito, Felipe, Andrés heredó una gran finca en la que vivían no menos de cinco familias dedicadas a la viña. Andrés tenía un hijo llamado Nicolás que frisaba los 17 años y andaba loco detrás de una moza, hija del alcalde del pueblo. El regidor era de tendencias políticas opuestas a las del marqués, y este no era asunto baladí para alguien de rancio abolengo, especialmente en la Requena que tan solo seis años después sería honrada por Isabel II debido al apoyo brindado en la primera guerra contra el absolutismo carlista. Así las cosas, el Marqués prohibió a su hijo que se acercara a la del alcalde. No era Nicolás hombre de temple conformista, sino que le gustaba salirse con la suya, por lo que, embozado con una capa para que no lo reconocieran, salía en las noches cerradas por las desiertas y oscuras calles de la villa a visitar a su querida. Comoquiera que alguna vieja lo vio pasar y con el mito de la Santa Compaña en el imaginario colectivo, se corrió la voz de que en las noches sin luna se aparecía un fantasma para arrebatar el alma al desdichado que saliese de su casa y se topara con el espectro.

Quiso el azar que por aquel tiempo andasen a la gresca el Marqués y su hijo por unos asuntos de tierras, pues el padre vendía toda su cosecha a un bodeguero que elaboraba grandes cantidades de vino, y Nicolás pensaba que debían ser ellos quienes elaborasen su propio caldo. Entre sus muchas pasiones y virtudes, Nicolás tenía las de ser amante de la viña y enólogo formado, habiendo marchado los tres últimos veranos a Burdeos para aprender los arcanos del vino en un famoso château. No podía comprender que su padre desperdiciase todo ese saber que él aplicaba sobre sus viñedos ―mejorando sustancialmente la calidad de la uva― en una venta que, junto a otras muchas, venía a dar un vino ramplón y corriente. Estaba convencido de que elaborando la uva que sus campos producían conseguiría un vino que seria la fama y envidia de la vinícola región.

Aprovechando la coyuntura, Nicolás tomó una delicada decisión: excavó en la tierra bajo su casa una bodega en la que elaborar, oculto a los ojos del mundo, su propio vino. El espinoso tema de la uva lo solventó vendimiando las noches sin luna, en las que nadie se atrevía a salir, los mejores campos de su padre.

El frío aguijón del terror se hundió en los corazones del populacho y el fantasma legendario pasó a conocerse como el espectro ladrón de lunas. El alcalde emitió un bando, anunciando que se recompensaría al que diese con el ladrón, fuera o no corpóreo, y el Marqués, que no soportaba ser la victima de todos los robos y estaba convencido de sufrir un ardid del alcalde para mofarse a sus expensas, organizó una batida con los hombres de su casa que, equipados con trabucos, se posicionaron una noche sin luna en una esquina llamada del Ángel. Muy feliz se las prometía Nicolás esa noche, pues Elvira, que así se llamaba la hija del alcalde, le había prometido el ansiado beso que tanto tiempo le andaba rogando, así que enfundado en su capa dejó la bodega bien cerrada, orgulloso del caldo que había probado, y con ese dulzor aún en la boca giró la esquina que encara a la calle del Ángel.

A Andrés se le partió el corazón cuando le trajeron la noticia. No salió del claustro de su cuarto salvo para el funeral y el enterramiento. Allí pudo ver a todo el pueblo con caras compungidas. Vio también a Elvira, destrozada; su corazón ya no sentía calor, nada la incentivaba ya, nada la ataba a la vida excepto el hábito inconsciente de la respiración. El padre de Nicolás lamentó entonces doblemente el rigor que los había conducido al avinagrado momento.

Al cabo de veinte días desde el encuentro, informaron a Andrés del descubrimiento de una bodega excavada en lo profundo de una cueva, bajo el suelo de la casa de su hijo, y por primera vez en largos días sintió que por sus venas, heladas por la tragedia, volvía a circular la cálida sangre como el vino de una libación. Movido por la curiosidad, rompió su retiro y acudió al almacén. Era un hueco poco más grande que una habitación; doce tinajas de barro de dos metros de altura circundaban un suelo de baldosas de barro. De ellas pudo probar el mejor vino que nunca había imaginado. Se prometió entonces seguir vendimiando sus campos las noches sin luna y elaborar él mismo la uva así recogida, y durante cinco generaciones así se ha hecho, llamando al vino así obtenido como llamaron a su creador, Nicolás: «Ladrón de Lunas».